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miércoles, 2 de noviembre de 2016
Instante
El miedo le sube desde la panza como un hipo. Casi las doce.
Enfrente, la luz tenue del piso once aún está encendida y en la
mesa, imagina, que un plato sucio, con una cáscara de manzana en espiral, es la
única huella de que aún hay historia. En su terraza, no vuela una mosca y,
abajo, los autos dejaron de pasar. El domingo agoniza en el resoplo que
practica. Si se tira, ¿todo termina o vuelve a empezar?
miércoles, 21 de enero de 2015
Guitarra
De la funda, saco la guitarra y
la apoyo en el sillón. Es marrón, de madera y sus cuerdas, recién puestas,
están tensas como mis músculos. La miro, te miro. No será como vos, pero se
deja tocar, digo. Vos reís, reboleás el pelo y te hechás para atrás en la
silla.
-Una de los Stones.
La agarro y esgrimo unos acordes
de She is rainbow. Entonces, empinás
el último trago de vino y te parás en la silla. Te levantás la remera hasta que
te queda enganchada del pelo, como una vincha. Estás en corpiño, levantando las
manos en forma de ve cuando termino la canción con la última gota de aire.
A la mañana siguiente, hace calor.
Me levanto de un salto con la remera empapada. Las baldosas del piso están
frías cuando camino hasta la ventana y tiro de la manija metálica. Una ráfaga
de viento tibio entra de golpe y hace sonar las cuerdas graves (ahora, la guitarra está en
su apoyo al costado de la cama). Me acerco hasta vos y te destapo. Abrazame,
decís. Silbo She is rainbow.
sábado, 10 de enero de 2015
Casas
La cosa es así. Las casas están pegadas: una tiene
tejas y por dentro es luminosa como una iglesia; la otra, es un poco más chica,
tiene el techo de chapa y la luz tenue, como de velas. Las personas que las
habitan se tratan cordialmente y hasta llegan a ser buenos vecinos, aunque a
veces los de la casa de techo de chapa sacan la basura tarde y los otros
reniegan porque los perros rompen las bolsas. Una noche, del baile, el hijo
mayor que vive en la casa de luz tenue se vuelve con la hija del medio que vive en
la de luz blanca. Se despiden a la altura de la medianera. Curiosamente, ella
sueña con una cena de velas y él con una mañana de verano.
lunes, 22 de diciembre de 2014
Rutina
Llegó a la oficina cinco minutos tarde y un poco desalineado, con la barba crecida. Nadie le dijo nada, pero sintió culpa. A media mañana, terminó el balance de fin de año y se sirvió un cortado de la maquina del pasillo. Después, la secretaria del jefe le trajo unos papeles verdes, amarillos y rojos. “Son para el lunes, Gustavo”. La vio salir moviendo el culo. Almorzó un sándwich de jamón y queso con agua mineral. Miró el Facebook, las noticias deportivas y se puso con eso. Cortó con un pucho en la terraza a media tarde, para bajar la ansiedad. A esa hora siempre le temblaban las manos. Volvió al escritorio: un par de sumas, restas, divisiones; Enter. Levantó la vista y vio caer el sol por la ventana. Había muerto, como cada tarde.
miércoles, 10 de diciembre de 2014
viernes, 5 de diciembre de 2014
El gordo de Navidad
Era Navidad, a penas después de las doce. En la avenida principal, los pibes estaban meta fosforito, las parejas de jóvenes se paseaban en auto lento y los ya entonados tocaban bocina y piropeaban a las chicas. Euforia reglamentada. Yo estaba de camisa, me había cortado el pelo y caminaba con el paso seguro de un adolescente que aún no conoce la muerte, porque no la conocía. Todo respondía al guión de las fiestas, hasta que escuché el grito:
-Gordo, se te salió la cadena por la grasa que chorreás.
Entonces, vos, gordo, de bermudas y remera corta, con el ombligo al aire, tambaleabas como un bebé que recién aprende a caminar; te agarrabas la cabeza con las dos manos y mirabas la bicicleta tirada en el suelo, tratando de entender el sistema cual si fuese una ecuación compleja. Eras todo un circo, porque te movías al ritmo de los cohetes, de las cañitas voladoras y los fuegos artificiales, al costado de los autos que pasaban sin frenar.
Crucé la calle y me acerqué despacio. Me miraste con desconfianza y pude ver en tus ojos acuosos todas las luces que en ese instante estallaban en el cielo. De cerca eras ancho como Papá Noel, un poco más morocho y de barba renegrida. Emanabas olor a mierda y alcohol. No eras Papá Noel. Al menos, no eras el de Coca Cola. Entonces miré la ecuación y la resolví con dos movimientos. Di vuelta la bici y te la alcancé con cuidado. Esbozaste un: “Feliz Navidad”, sin jojojo, ni un carajo, pusiste los pies en los pedales como pudiste y arrancaste.
Por un instante, me miré las manos engrasadas y me las pasé por el pantalón puteándote, pero sentí la satisfacción que tienen los altruistas (al fin y al cabo, por algo ayudan). Después escuché un bocinazo pronunciado, me di vuelta y te vi zigzaguear, al ritmo de los cohetes y los fuegos artificiales. La coleada de la Chevrolet marrón se confundió con el silbido de las cañitas que volaban como vos gordo, antes de que caigas de lleno contra el asfalto y de que los autos, ahora sí, frenaran. Yo me fui caminando, pero mis pasos ya no eran tan firmes y nunca más volverían a serlo.
-Gordo, se te salió la cadena por la grasa que chorreás.
Entonces, vos, gordo, de bermudas y remera corta, con el ombligo al aire, tambaleabas como un bebé que recién aprende a caminar; te agarrabas la cabeza con las dos manos y mirabas la bicicleta tirada en el suelo, tratando de entender el sistema cual si fuese una ecuación compleja. Eras todo un circo, porque te movías al ritmo de los cohetes, de las cañitas voladoras y los fuegos artificiales, al costado de los autos que pasaban sin frenar.
Crucé la calle y me acerqué despacio. Me miraste con desconfianza y pude ver en tus ojos acuosos todas las luces que en ese instante estallaban en el cielo. De cerca eras ancho como Papá Noel, un poco más morocho y de barba renegrida. Emanabas olor a mierda y alcohol. No eras Papá Noel. Al menos, no eras el de Coca Cola. Entonces miré la ecuación y la resolví con dos movimientos. Di vuelta la bici y te la alcancé con cuidado. Esbozaste un: “Feliz Navidad”, sin jojojo, ni un carajo, pusiste los pies en los pedales como pudiste y arrancaste.
Por un instante, me miré las manos engrasadas y me las pasé por el pantalón puteándote, pero sentí la satisfacción que tienen los altruistas (al fin y al cabo, por algo ayudan). Después escuché un bocinazo pronunciado, me di vuelta y te vi zigzaguear, al ritmo de los cohetes y los fuegos artificiales. La coleada de la Chevrolet marrón se confundió con el silbido de las cañitas que volaban como vos gordo, antes de que caigas de lleno contra el asfalto y de que los autos, ahora sí, frenaran. Yo me fui caminando, pero mis pasos ya no eran tan firmes y nunca más volverían a serlo.
martes, 2 de julio de 2013
Sobre el silencio y la magia
I
Ante sus amigos y familiares, mates en la puerta de por medio, Lázaro se jactaba de saber los secretos más crudos de la magia. Decía que todos los trucos tienen una solución y que se pueden descubrir si se presta verdadera atención. La magia es tan falsa como el silencio, repetía. Los hacía callar a todos y señalaba el motor de la heladera, un grillo en el cantero, los pasos de un vecino o la respiración agitada del gordo José Luis.
II
Dicen, los que estuvieron en su última actuación, que una luz los encegueció ni bien se metió detrás del biombo. Que salió humo blanco desde arriba. Que la galera apareció en escena flotando, como si la tuviese puesta un hombre invisible, y cayó como una pluma a los pies del hijo de Benavídez que en ese mismísimo momento quedó sordo, lo saben todos.
Después, lo llamaron, le gritaron; corrieron el biombo, lo dieron vuelta y sacudieron. Lo buscaron los bomberos, en la casa, en el barrio, en la ciudad; la policía, en el bosque con linternas y perros que olfateaban. Que traficaba drogas, que tenía otra familia, que simplemente se había esfumado fue tapa y contratapa de los diarios locales, página 2, 3, 4, 5 y recuadro. En la radio, recordaron el asunto cada media hora, cada una, cada 24, una vez por semana. Apagaron el micrófono, hasta que lo olvidaron. Hicieron silencio.
III
Ahora, en las noches serenas y sin viento, cuando la calma y la neblina parecen haber ganado todas las calles, sus amigos salen a buscarlo entre sueños por los rincones más extravagantes del pueblo: la vieja estación, la estancia abandonada, el arroyo seco y la esquina del bar Inglés. Pero, como por arte de magia, cuando despiertan con una pequeña briza o el ladrido de un perro a lo lejos, todos vuelven a sus camas rengueando como zombies y gritando que el silencio no existe.
El hijo de Benavídez, en cambio, que conoció la magia cuando quedó sordo, cuenta la historia en la apertura de cada actuación. Sostiene la galera con el brazo izquierdo y repite incansablemente que el silencio existe y la magia también.
Ante sus amigos y familiares, mates en la puerta de por medio, Lázaro se jactaba de saber los secretos más crudos de la magia. Decía que todos los trucos tienen una solución y que se pueden descubrir si se presta verdadera atención. La magia es tan falsa como el silencio, repetía. Los hacía callar a todos y señalaba el motor de la heladera, un grillo en el cantero, los pasos de un vecino o la respiración agitada del gordo José Luis.
II
Dicen, los que estuvieron en su última actuación, que una luz los encegueció ni bien se metió detrás del biombo. Que salió humo blanco desde arriba. Que la galera apareció en escena flotando, como si la tuviese puesta un hombre invisible, y cayó como una pluma a los pies del hijo de Benavídez que en ese mismísimo momento quedó sordo, lo saben todos.
Después, lo llamaron, le gritaron; corrieron el biombo, lo dieron vuelta y sacudieron. Lo buscaron los bomberos, en la casa, en el barrio, en la ciudad; la policía, en el bosque con linternas y perros que olfateaban. Que traficaba drogas, que tenía otra familia, que simplemente se había esfumado fue tapa y contratapa de los diarios locales, página 2, 3, 4, 5 y recuadro. En la radio, recordaron el asunto cada media hora, cada una, cada 24, una vez por semana. Apagaron el micrófono, hasta que lo olvidaron. Hicieron silencio.
III
Ahora, en las noches serenas y sin viento, cuando la calma y la neblina parecen haber ganado todas las calles, sus amigos salen a buscarlo entre sueños por los rincones más extravagantes del pueblo: la vieja estación, la estancia abandonada, el arroyo seco y la esquina del bar Inglés. Pero, como por arte de magia, cuando despiertan con una pequeña briza o el ladrido de un perro a lo lejos, todos vuelven a sus camas rengueando como zombies y gritando que el silencio no existe.
El hijo de Benavídez, en cambio, que conoció la magia cuando quedó sordo, cuenta la historia en la apertura de cada actuación. Sostiene la galera con el brazo izquierdo y repite incansablemente que el silencio existe y la magia también.
miércoles, 29 de mayo de 2013
Más allá, todos los colores caían en el agua
Paula empezó a juntar las cañas porque vio algunas nubes que manchaban el cielo y sintió ese olor a tierra que tanto le gustaba. Se ató el pelo y repitió varias veces que iba a llover, que debían levantar campamento. Sacudió las migas del mantel y lo guardó en la caja de la camioneta con la pelota de fútbol y la frazada con la que se habían tapado la otra noche; después los cubrió una la lona de plástico. Vació el mate en las brasas, lo limpió con agua de la laguna y lo colocó con el termo, algunos restos de carne y los envases vacíos en la portátil.Tirado en el pasto de espaldas, pero escuchando cada movimiento, Julio abrió la última botella de cerveza con los colmillos y la empinó hasta la mitad sin pausa, como un animal sediento. Estaba cansado por el picadito de fútbol y la pesca, y algo más borracho por el vino y el vodka. Después se limpió la boca con la manga del pullover blanco y se recostó para mirar al cielo, abriendo los ojos con el desgano placentero de los que esperan que los demás hagan. Cuando los cerró, sus pensamientos divagaron entre la borrachera, la botella por la mitad, una pregunta que le había hecho Paula acerca de sus ilusiones en la vida junto al fuego la otra noche, su alma y su sombra.
Bajo el árbol más cercano a la laguna, donde habían acampado unos metros más allá, Yoni, el tercero de ellos, alto y flaco como un jugador de básquet desnutrido, se desprendió la bragueta del jean para disfrutar el quinto meo de la tarde.
- Vamos a ver quién es el palo más borracho - dijo, mientras se apoyaba tambaleando, pero nadie lo escucho. Julio, porque ya dormía como un gato en el sofá y Paula porque en ese momento intentaba arrancar camioneta.
Al rato, después de los bocinasos, cuando ya estuvieron los tres arriba, dialogaron todos por primera vez en dos horas. Yoni dijo que se sentía cómodo adelante, que no podía viajar más en los asientos de atrás porque terminaba con la espalda curva como un camello.
- Como el de Camel - dijo Julio riendo - ¿tenés un pucho?
Paula, sin quitar la vista de enfrente, sacó una mano del volante para agarrar los cigarrillos que estaban en la cartera y pasárselos a Julio. Después le pidió a Yoni que acomode el espejo de la derecha. “El de la derecha”, gritó cuando el otro quiso pasarle por encima. Discutieron sobre la ubicación correcta hasta que terminó frenando al costado del camino para situarlo a su gusto. Estaba malhumorada, un poco por el estado de sus compañeros y otro por la llovizna; un poco porque era domingo y los otros no se habían enterado o no les importaba, como casi todo, como casi nada. Afuera, estiro las piernas y simuló peinarse en el espejo para que Yoni riera "como un idiota", pensó.
Cuando volvieron a arrancar los ánimos de Paula estaban algo renovados pero fue en ese momento en que Julio empezó con lo del arco iris. Primero se quedó mirando por la ventanilla con la boca abierta, como si estuviera gritando un gol, a punto de babear; después hizo un comentario sobre la infinidad de colores y finalmente dijo lo que sería desencadenante:
- Frená, se ve el final.
A Paula le causó gracia porque le pareció la observación de un niño, la fantasía de alguien que espera que el mundo lo sorprenda cada día. Sabía de la racionalidad radical de Julio, su coraza, su jaula, y su impulso obsesivo por explicarlo todo, y eso lo hacía más cómico. Levantó la mirada por el espejo retrovisor para verlo, ahora con el mentón apoyado en las manos, el cigarrillo en la boca, los cachetes colorados y los parpados caídos, pensó en la resaca que tendría al otro día. Yoni lo tomó un poco más enserio.
- ¿A dónde?
- Allá, cerca del muelle – señaló con el índice.
Por un rato más Paula no se inmutó. Esta vez era Julio quien miraba sus ojos claros en el espejo retrovisor. Imaginó que ella pensaba en que él no servía para nada. Bajó la cabeza y pensó otra vez en la pregunta que no había podido responder la noche anterior, aquella acerca de los objetivos, y también en la ilusión de Paula de vivir en el campo ordeñando vacas, en su trabajo en la veterinaria y sus estudios para ser bióloga. Volvió a levantar la mirada y se encontró con ella en el espejo. Se preguntó que hacía una chica así pasando el fin de semana con dos jóvenes sin brújula. De repente se sintió algo descompuesto.
- Podemos frenar.
Cuando se apagó el motor de la camioneta por segunda vez y los tres estuvieron en la costanera de frente al fenómeno, llovía a penas pero el cielo estaba más oculto y la laguna movida. Más allá, todos los colores caían en el agua. Según Julio, el final estaba a no más de 500 metros.
- También puede ser el principio – dijo Paula y sonrió a medias.
Yoni aprovecho la parada para volver a mear. Esta vez lo hizo en la laguna mientras observaba su reflejo y el de sus compañeros en el agua. Se sintió algo ridículo parado ahí, bajo la lluvia, ebrio, mirando el final de un arco iris; tal vez porque era más simple que los otros, tal vez porque la noche anterior había dormido.
- Vamos, es tarde – propuso, pero Julio ya estaba con el dorso desnudo, con el patalón arremangado y los talones en el agua.
- Vamos – insistió.
Julio dio cinco pasos y se zambulló. Desde la costa lo vieron flotar pataleando hasta los doscientos metros, sumergirse por veinte segundos, y volver a salir media cuadra más allá para nadar un rato ante el tenue pero persistente oleaje. Después lo perdieron de vista, la salida esporádica del sol los encandilo y el arco iris se deshizo. En el agua, la última brazada antes de que la ilusión desaparezca fue desesperada y acompañada de un grito desgarrador, digna de un buen final que nadie presenció.
Una hora y media después, cuando arribó en el lanchón de los bomberos a la costa con principio de hipotermia, Paula lo esperaba fumando.
- Se me escapó – atinó a decir.
- Así son las ilusiones – respondió ella.
Cuando la sirena de la ambulancia se dejó de escuchar, recién Paula arrancó la camioneta. Miró el ocaso por la ventana y pensó en que mañana era lunes. A su lado, Yoni roncaba como un bebé.
miércoles, 6 de enero de 2010
¿Si dijo? Sí, mucho
No sabía hablar. No, no, peor aún: no podía hablar. Mejor digamos y esto seguro: no habló ¿Si dijo? Sí, mucho.
Sentados en el banco, éramos un coro de risas. Ella jugaba con mi mano, estirando los dedos, contándolos. Yo con su mirada, encontrándola, esquivándola. La plaza, después del mediodía, funcionaba como lugar de paso. El sol posaba fuerte sobre la cabeza de los transeúntes que caminaban con caras de agobio, de esfuerzo, de quiero vacaciones. Señores de traje, señoras paquetas con paquetes miraban al banco, a nosotros, al árbol visera que nos cubría. Un refugio, un escape del mundo, un bunker pensé y ella dijo que la ponían histérica esos tipos, con aires de empresario, pegados al celular.
La encontré, bajé desde los ojos hacia una sonrisa roja, quieta. Quietos. Los demás, apurados. “23 de diciembre” reflexioné en alto: “parece que el tiempo los corre, que deben cumplir con algo antes de que termine el año”.
-¿Y vos?
- Sí, claro – contesté rápido y pensé en el bunker, en la construcción del bunker. Bajó la cabeza y antes de tener que responder a la misma pregunta, agarró uno de mis dedos y culminó: “te re comés las uñas”. Risas, bunker.
Entonces entró a escena el chico, no más de diez años. No sabía hablar. No, no, peor aún: no podía hablar. Mejor digamos y esto seguro: no habló ¿Si dijo? Sí, mucho. Se paró frente a nosotros y tembló fuerte. Lo observamos. Abrió los ojos bien grandes y nos miró sin vernos (al menos eso me pareció). Estaba perdido, tenía tierra en la cara, un agujero en el pantalón a la altura de la rodilla y un papel escrito pegado en el pecho, quise leer pero se dio vuelta rápido, caminó hacía el monumento de San Martín y gritó en silencio. No supe ayudar. No, no, peor aún: no pude ayudar. Mejor digamos y esto seguro: no ayudé ¿Qué dije? No mucho.
Giré la cabeza y busqué su mirada, bajé a su boca y encontré una sonrisa pintada con carbón.
- ¿Qué decía el papel? - pregunté.
- No hay bunker
Sentados en el banco, éramos un coro de risas. Ella jugaba con mi mano, estirando los dedos, contándolos. Yo con su mirada, encontrándola, esquivándola. La plaza, después del mediodía, funcionaba como lugar de paso. El sol posaba fuerte sobre la cabeza de los transeúntes que caminaban con caras de agobio, de esfuerzo, de quiero vacaciones. Señores de traje, señoras paquetas con paquetes miraban al banco, a nosotros, al árbol visera que nos cubría. Un refugio, un escape del mundo, un bunker pensé y ella dijo que la ponían histérica esos tipos, con aires de empresario, pegados al celular.La encontré, bajé desde los ojos hacia una sonrisa roja, quieta. Quietos. Los demás, apurados. “23 de diciembre” reflexioné en alto: “parece que el tiempo los corre, que deben cumplir con algo antes de que termine el año”.
-¿Y vos?
- Sí, claro – contesté rápido y pensé en el bunker, en la construcción del bunker. Bajó la cabeza y antes de tener que responder a la misma pregunta, agarró uno de mis dedos y culminó: “te re comés las uñas”. Risas, bunker.
Entonces entró a escena el chico, no más de diez años. No sabía hablar. No, no, peor aún: no podía hablar. Mejor digamos y esto seguro: no habló ¿Si dijo? Sí, mucho. Se paró frente a nosotros y tembló fuerte. Lo observamos. Abrió los ojos bien grandes y nos miró sin vernos (al menos eso me pareció). Estaba perdido, tenía tierra en la cara, un agujero en el pantalón a la altura de la rodilla y un papel escrito pegado en el pecho, quise leer pero se dio vuelta rápido, caminó hacía el monumento de San Martín y gritó en silencio. No supe ayudar. No, no, peor aún: no pude ayudar. Mejor digamos y esto seguro: no ayudé ¿Qué dije? No mucho.
Giré la cabeza y busqué su mirada, bajé a su boca y encontré una sonrisa pintada con carbón.
- ¿Qué decía el papel? - pregunté.
- No hay bunker
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domingo, 31 de mayo de 2009
No sé
Fue una tarde de domingo en la que me dispuse a caminar por la orilla de la laguna. El agua, como de costumbre en las tardes de verano calurosas, se encontraba planchada como si el cielo la estuviese aplastando. Sobre ella los últimos rayos del sol, que ya se estaba ocultando, marcaban un pasillo en el espejo húmedo y al final estaba sentada de espaldas hacia mí en una de las escalinatas.
Tomé un puñado de piedras del suelo, me acerqué lentamente y me senté a su lado.
- ¿Qué hacías? – plop, tiré la primer piedra.
- ¿Vos que hacías? – contestó sin mirarme.
- Yo nada, salí a caminar, a pensar un rato.
- ¿Y lo pensaste?
- ¿El qué? – pregunté medio desorientado.
- ¿Cómo el qué? ¿el qué va a ser?
Entonces la recordé tal cual con el guardapolvo blanco sobre las rodillas y sus dos trenzas, una mas larga que la otra. Nos volvimos a mirar y estábamos sentados, pero esta vez bajo el sol de invierno en el patio del colegio en el tercer recreo después de la hora de matemática.
-Sí, lo pensé – contesté entrecortado.
-¿Y? – volvió a preguntar.
Otro parpadeo y un pantallazo más. En la oscuridad un reflector le encandilaba los ojos, la música alta nos incomodaba.
Finalmente respondí:
-No sé.
Ahora sí, de nuevo en las escalinatas, se paró, me dio un beso en la mejilla y antes de irse me dijo: “cuando la dejes podes venir a buscarme”. Entonces, a pesar de que ya había oscurecido, mi vida se fue iluminada con la tarde como si caminara sobre el pasillo del sol. Y yo, acompañado de la duda, me quede tirando piedras al agua en la penumbra de la noche.
miércoles, 25 de marzo de 2009
En el río
La llevó lejos de la gente, a un lugar más virgen. Ella se sacó la remera y corrió al río, él se sentó en una piedra y empinó una botella de plástico con agua. Se quedó mirándola, observó la sutileza de su nado, la elegancia de cada brazo al extenderse, la vio flotar, hundirse y salir con la cabeza empapada, sacudirla y volver a sumergirse.Sin pararse de la roca tomó un palo del suelo y se puso a dibujar en la tierra, miró el cielo y el sol lo encandiló, volvió la vista al río, ella lo saludó. Recordó las vacaciones anteriores, había visitado ese lugar con los amigos, con el gordo que se quejaba por la espalda quemada y Lucas que se zambullía al agua desde cualquier lugar, sonrió.
Ahora el aire pesado y húmedo hacia de aquella una tarde agobiante. Se paró para sacarse la remera y las zapatillas, volvió a sentarse. Solía ser indeciso para meterse al agua. Se distrajo con algo que flotaba, algo transparente que se balanceaba con el movimiento del río, su vista quedó fija en aquello mientras pensó otra vez en el pasado verano. Recordó aquel día en que se fueron del pueblo, un anciano los había llamado para decirles algo, habían entrado a su patio.
En la colimba. El viejo había estado en la colimba y se había enfermado de una cosa que se enferman las ovejas ¿Qué era? No, no la enfermedad, para qué los había llamado. Tenía campos en las sierras y un día había llevado un arqueólogo, eso si. Habían encontrado el cadáver de una indiecita abrazada a un mortero y el intendente del pueblo se la había expropiado. La había vendido o algo por el estilo, recordó que el viejo estaba enojado y hablaba con mucho rencor.
Pero, para qué los había llamado. En su memoria el hombre tampoco lo recordaba y divagaba con sus reliquias desparramadas por el patio: restos de meteorito, morteros de todos los tamaños encontrados en un campo y piedras con oro, les había regalado una a cada uno. Pensó que la conservaba en algún lugar, que debía buscarla cuando vuelva a la casa.
Ahora si se concentró devuelta en el río, ella no lo miraba, hacía la planchita panza al sol. La chistó, pero no lo escuchó. Regresó su vista a la orilla, que apreció más cerca, y volvió a ver eso que flotaba. No era tan transparente, era más bien brilloso en contraste con la luz del sol. Brilloso. Pensó en el brillo de los ojos cansados del viejo, en su bastón y en que se le escapaban algunos pedos, sintió la lástima que había sentido aquel día ¿Para que los había llamado? Él preguntó algo.
“Eso era” dijo el viejo, se acordó: “cuando la mica flota el río crece, rajen”. Eso había preguntado ¿Qué es la mica? Y Lucas le había contestado “lo que parece vidrio que esta ahí en el suelo” mientras señalaba aquel día la tierra, ahora el agua, lo transparente, lo brilloso, el río. El río que ya estaba a sus pies enfurecido.
Un hombre apareció desde arriba y dio un grito de alerta tardío, él corrió algunos metros y se tiro a buscarla, la alcanzó. Ella lo abrazó para no hundirse, sintió sus dedos arrugados como pasas frescas aferrarse al cuello y, un segundo antes de que la fuerza del agua le rompa la cabeza contra una roca, le dijo algo confuso. Después se desvaneció entre los dedos de pasa, que no pudieron soportar su peso, y el poder de la corriente. Ella apenas pudo flotar como la mica y levantar el brazo elegante para agarrarse de una rama y ser rescatada, él, víctima y héroe por un recuerdo, ya no pudo mirarla.
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