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miércoles, 29 de mayo de 2013

Más allá, todos los colores caían en el agua


Paula empezó a juntar las cañas porque vio algunas nubes que manchaban el cielo y sintió ese olor a tierra que tanto le gustaba. Se ató el pelo y repitió varias veces que iba a llover, que debían levantar campamento. Sacudió las migas del mantel y lo guardó en la caja de la camioneta con la pelota de fútbol y la frazada con la que se habían tapado la otra noche; después los cubrió una la lona de plástico. Vació el mate en las brasas, lo limpió con agua de la laguna y lo colocó con el termo, algunos restos de carne y los envases vacíos en la portátil.

Tirado en el pasto de espaldas, pero escuchando cada movimiento, Julio abrió la última botella de cerveza con los colmillos y la empinó hasta la mitad sin pausa, como un animal sediento. Estaba cansado por el picadito de fútbol y la pesca, y algo más borracho por el vino y el vodka. Después se limpió la boca con la manga del pullover blanco y se recostó para mirar al cielo, abriendo los ojos con el desgano placentero de los que esperan que los demás hagan. Cuando los cerró, sus pensamientos divagaron entre la borrachera, la botella por la mitad, una pregunta que le había hecho Paula acerca de sus ilusiones en la vida junto al fuego la otra noche, su alma y su sombra.

Bajo el árbol más cercano a la laguna, donde habían acampado unos metros más allá, Yoni, el tercero de ellos, alto y flaco como un jugador de básquet desnutrido, se desprendió la bragueta del jean para disfrutar el quinto meo de la tarde.

- Vamos a ver quién es el palo más borracho - dijo, mientras se apoyaba tambaleando, pero nadie lo escucho. Julio, porque ya dormía como un gato en el sofá y Paula porque en ese momento intentaba arrancar camioneta.

Al rato, después de los bocinasos, cuando ya estuvieron los tres arriba, dialogaron todos por primera vez en dos horas. Yoni dijo que se sentía cómodo adelante, que no podía viajar más en los asientos de atrás porque terminaba con la espalda curva como un camello.

- Como el de Camel - dijo Julio riendo - ¿tenés un pucho?

Paula, sin quitar la vista de enfrente, sacó una mano del volante para agarrar los cigarrillos que estaban en la cartera y pasárselos a Julio. Después le pidió a Yoni que acomode el espejo de la derecha. “El de la derecha”, gritó cuando el otro quiso pasarle por encima. Discutieron sobre la ubicación correcta hasta que terminó frenando al costado del camino para situarlo a su gusto. Estaba malhumorada, un poco por el estado de sus compañeros y otro por la llovizna; un poco porque era domingo y los otros no se habían enterado o no les importaba, como casi todo, como casi nada. Afuera, estiro las piernas y simuló peinarse en el espejo para que Yoni riera "como un idiota", pensó.

Cuando volvieron a arrancar los ánimos de Paula estaban algo renovados pero fue en ese momento en que Julio empezó con lo del arco iris. Primero se quedó mirando por la ventanilla con la boca abierta, como si estuviera gritando un gol, a punto de babear; después hizo un comentario sobre la infinidad de colores y finalmente dijo lo que sería desencadenante:

- Frená, se ve el final.

A Paula le causó gracia porque le pareció la observación de un niño, la fantasía de alguien que espera que el mundo lo sorprenda cada día. Sabía de la racionalidad radical de Julio, su coraza, su jaula, y su impulso obsesivo por explicarlo todo, y eso lo hacía más cómico. Levantó la mirada por el espejo retrovisor para verlo, ahora con el mentón apoyado en las manos, el cigarrillo en la boca, los cachetes colorados y los parpados caídos, pensó en la resaca que tendría al otro día. Yoni lo tomó un poco más enserio.

- ¿A dónde?

- Allá, cerca del muelle – señaló con el índice.

Por un rato más Paula no se inmutó. Esta vez era Julio quien miraba sus ojos claros en el espejo retrovisor. Imaginó que ella pensaba en que él no servía para nada. Bajó la cabeza y pensó otra vez en la pregunta que no había podido responder la noche anterior, aquella acerca de los objetivos, y también en la ilusión de Paula de vivir en el campo ordeñando vacas, en su trabajo en la veterinaria y sus estudios para ser bióloga. Volvió a levantar la mirada y se encontró con ella en el espejo. Se preguntó que hacía una chica así pasando el fin de semana con dos jóvenes sin brújula. De repente se sintió algo descompuesto.

- Podemos frenar.

Cuando se apagó el motor de la camioneta por segunda vez y los tres estuvieron en la costanera de frente al fenómeno, llovía a penas pero el cielo estaba más oculto y la laguna movida. Más allá, todos los colores caían en el agua. Según Julio, el final estaba a no más de 500 metros.

- También puede ser el principio – dijo Paula y sonrió a medias.

Yoni aprovecho la parada para volver a mear. Esta vez lo hizo en la laguna mientras observaba su reflejo y el de sus compañeros en el agua. Se sintió algo ridículo parado ahí, bajo la lluvia, ebrio, mirando el final de un arco iris; tal vez porque era más simple que los otros, tal vez porque la noche anterior había dormido.

- Vamos, es tarde – propuso, pero Julio ya estaba con el dorso desnudo, con el patalón arremangado y los talones en el agua.

- Vamos – insistió.

Julio dio cinco pasos y se zambulló. Desde la costa lo vieron flotar pataleando hasta los doscientos metros, sumergirse por veinte segundos, y volver a salir media cuadra más allá para nadar un rato ante el tenue pero persistente oleaje. Después lo perdieron de vista, la salida esporádica del sol los encandilo y el arco iris se deshizo. En el agua, la última brazada antes de que la ilusión desaparezca fue desesperada y acompañada de un grito desgarrador, digna de un buen final que nadie presenció.

Una hora y media después, cuando arribó en el lanchón de los bomberos a la costa con principio de hipotermia, Paula lo esperaba fumando.

- Se me escapó – atinó a decir.

- Así son las ilusiones – respondió ella.

Cuando la sirena de la ambulancia se dejó de escuchar, recién Paula arrancó la camioneta. Miró el ocaso por la ventana y pensó en que mañana era lunes. A su lado, Yoni roncaba como un bebé.

domingo, 31 de mayo de 2009

No sé

    

Fue una tarde de domingo en la que me dispuse a caminar por la orilla de la laguna. El agua, como de costumbre en las tardes de verano calurosas, se encontraba planchada como si el cielo la estuviese aplastando. Sobre ella los últimos rayos del sol, que ya se estaba ocultando, marcaban un pasillo en el espejo húmedo y al final estaba sentada de espaldas hacia mí en una de las escalinatas.
Tomé un puñado de piedras del suelo, me acerqué lentamente y me senté a su lado.
- ¿Qué hacías? – plop, tiré la primer piedra.
- ¿Vos que hacías? – contestó sin mirarme.
- Yo nada, salí a caminar, a pensar un rato.
- ¿Y lo pensaste?
- ¿El qué? – pregunté medio desorientado.
- ¿Cómo el qué? ¿el qué va a ser?
Entonces la recordé tal cual con el guardapolvo blanco sobre las rodillas y sus dos trenzas, una mas larga que la otra. Nos volvimos a mirar y estábamos sentados, pero esta vez bajo el sol de invierno en el patio del colegio en el tercer recreo después de la hora de matemática.
-Sí, lo pensé – contesté entrecortado.
-¿Y? – volvió a preguntar.
Otro parpadeo y un pantallazo más. En la oscuridad un reflector le encandilaba los ojos, la música alta nos incomodaba.
Finalmente respondí:
-No sé.
Ahora sí, de nuevo en las escalinatas, se paró, me dio un beso en la mejilla y antes de irse me dijo: “cuando la dejes podes venir a buscarme”. Entonces, a pesar de que ya había oscurecido, mi vida se fue iluminada con la tarde como si caminara sobre el pasillo del sol. Y yo, acompañado de la duda, me quede tirando piedras al agua en la penumbra de la noche.

miércoles, 25 de marzo de 2009

En el río

La llevó lejos de la gente, a un lugar más virgen. Ella se sacó la remera y corrió al río, él se sentó en una piedra y empinó una botella de plástico con agua. Se quedó mirándola, observó la sutileza de su nado, la elegancia de cada brazo al extenderse, la vio flotar, hundirse y salir con la cabeza empapada, sacudirla y volver a sumergirse.
Sin pararse de la roca tomó un palo del suelo y se puso a dibujar en la tierra, miró el cielo y el sol lo encandiló, volvió la vista al río, ella lo saludó. Recordó las vacaciones anteriores, había visitado ese lugar con los amigos, con el gordo que se quejaba por la espalda quemada y Lucas que se zambullía al agua desde cualquier lugar, sonrió.
Ahora el aire pesado y húmedo hacia de aquella una tarde agobiante. Se paró para sacarse la remera y las zapatillas, volvió a sentarse. Solía ser indeciso para meterse al agua. Se distrajo con algo que flotaba, algo transparente que se balanceaba con el movimiento del río, su vista quedó fija en aquello mientras pensó otra vez en el pasado verano. Recordó aquel día en que se fueron del pueblo, un anciano los había llamado para decirles algo, habían entrado a su patio.
En la colimba. El viejo había estado en la colimba y se había enfermado de una cosa que se enferman las ovejas ¿Qué era? No, no la enfermedad, para qué los había llamado. Tenía campos en las sierras y un día había llevado un arqueólogo, eso si. Habían encontrado el cadáver de una indiecita abrazada a un mortero y el intendente del pueblo se la había expropiado. La había vendido o algo por el estilo, recordó que el viejo estaba enojado y hablaba con mucho rencor.
Pero, para qué los había llamado. En su memoria el hombre tampoco lo recordaba y divagaba con sus reliquias desparramadas por el patio: restos de meteorito, morteros de todos los tamaños encontrados en un campo y piedras con oro, les había regalado una a cada uno. Pensó que la conservaba en algún lugar, que debía buscarla cuando vuelva a la casa.
Ahora si se concentró devuelta en el río, ella no lo miraba, hacía la planchita panza al sol. La chistó, pero no lo escuchó. Regresó su vista a la orilla, que apreció más cerca, y volvió a ver eso que flotaba. No era tan transparente, era más bien brilloso en contraste con la luz del sol. Brilloso. Pensó en el brillo de los ojos cansados del viejo, en su bastón y en que se le escapaban algunos pedos, sintió la lástima que había sentido aquel día ¿Para que los había llamado? Él preguntó algo.
“Eso era” dijo el viejo, se acordó: “cuando la mica flota el río crece, rajen”. Eso había preguntado ¿Qué es la mica? Y Lucas le había contestado “lo que parece vidrio que esta ahí en el suelo” mientras señalaba aquel día la tierra, ahora el agua, lo transparente, lo brilloso, el río. El río que ya estaba a sus pies enfurecido.
Un hombre apareció desde arriba y dio un grito de alerta tardío, él corrió algunos metros y se tiro a buscarla, la alcanzó. Ella lo abrazó para no hundirse, sintió sus dedos arrugados como pasas frescas aferrarse al cuello y, un segundo antes de que la fuerza del agua le rompa la cabeza contra una roca, le dijo algo confuso. Después se desvaneció entre los dedos de pasa, que no pudieron soportar su peso, y el poder de la corriente. Ella apenas pudo flotar como la mica y levantar el brazo elegante para agarrarse de una rama y ser rescatada, él, víctima y héroe por un recuerdo, ya no pudo mirarla.